miércoles, 30 de junio de 2010

José Alejandro Alvarez Farías, infante sanantonino en Haití: “Aquí uno aprende a valorar lo que tiene”

En medio de una nación que sufre por la falta de condiciones básicas para la población y la destrucción de un terremoto que dejó al menos 200 mil muertos, un sanantonino cumple una labor fundamental como parte de la misión de los cascos azules


Se vivía el 12 de enero de este año en Haití cuando a eso de las 16.53 un violento sismo remeció amplios sectores del país caribeño, que sumido en una profunda crisis institucional y social, recibe permanente ayuda de la comunidad internacional.
El terremoto sólo vino a oscurecer más el panorama en el país más pobre de Latinoamérica que lucha por salir adelante, pese a todas sus dificultades.
Si nosotros vivimos un sismo en nuestro país donde aún se sienten las repercusiones, no cuesta mucho imaginarse cómo es el panorama en un lugar donde la gente no tiene las condiciones básicas de alimentación y recursos.
El terremoto de Haití fue el más fuerte registrado en la zona desde 1770 y sus efectos fueron devastadores: casi 200 mil muertos, 250 mil heridos y un millón de personas sin hogar.
Haití es el país más pobre de América, caracterizado por tener cerca del 80% de su población por debajo de la línea de pobreza (el 54% viven en la pobreza extrema), una economía de subsistencia, es decir, viven prácticamente para alimentarse; las remesas recibidas de migrantes representan el 40% de su PIB beneficiando a poco más de 900 mil familias.
En medio de este panorama, se encuentra el sanantonino José Alejandro Alvarez Farías, quien como infante de marina, forma parte de las fuerzas chilenas de la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití.
Nacido y criado en San Antonio, José es el segundo de los cuatro hijos del matrimonio Víctor Alvarez Vera y María Teresa Farías Silva, quienes viven en Llo Lleo alto.
“Mi hermano mayor Víctor trabaja en Melipilla y mis hermanas menores estudian en Viña del Mar y Valparaíso, a todos ellos los quiero mucho. Somos una familia muy unida por lo que tratamos de estar todos los fines de semana juntos y compartir unos ricos mariscos y pescados del puerto. Realicé mi enseñanza básica en el colegio Fernández León de donde tengo muy lindos recuerdos y amigos. La enseñanza media en la Escuela Industrial en donde escogí la especialidad de Electrónica la cual me ha ayudado mucho en mi carrera profesional ya que dentro de la Infantería de Marina, me especialicé en telecomunicaciones, la cual es vital para el cumplimiento de las misiones, ya que sin comunicaciones es poco lo que se puede hacer”, cuenta.
Con entusiasmo recuerda su paso por el Club Deportivo Torino, en el cual alcanzó a jugar hasta en la serie Juvenil. “Después por motivos de traslado a Talcahuano no pude ir mas a disfrutar de algo que me gusta mucho que es el fútbol y también Colo Colo que lo trato de seguir por la señal internacional de TV”, señala.
En la isla caribeña ha sido testigo de primera mano de los esfuerzos de su gente por surgir, así de las labores que cumplen los militares chilenos para la conservación de la paz.
“En estos momentos estamos con muchísimo trabajo, pues tras las labores de reconstrucción del devastador terremoto se viene la temporada de huracanes. Aunque el sismo de acá fue de menor intensidad que el de Chile, las consecuencias fueron mucho más negativas. Por las deficientes condiciones de las construcciones se produjeron muchas más muertes y pérdidas materiales”.
¿Cómo es la vida allá para ustedes?
Buena. Por ejemplo, la alimentación nos reaprovisionan desde Estados Unidos y nuestros cocineros son los encargados de hacernos sentir como en casa, cocinando las mismas cosas que se comen en Chile: Almorzamos pastel de choclo, eso sí con choclo congelado, pero más no se puede pedir. También los infaltables porotos y lo que no puede faltar los días jueves, la cazuela y la empanada de pino como tradición naval.
¿Y en el día a día?
Muchas veces he tenido que recurrir al jugo de coco, ya que acá la temperatura es muy elevada y con el agua que llevamos del cuartel no nos alcanza para terminar la patrulla. Las temperaturas muchas veces alcanzan los 40°  y si le sumas todo el equipamiento que debemos llevar,  el desgaste es mucho y se produce deshidratación.
Lo que acá es muy común y que toda la gente anda comiendo en las calles es la caña de azúcar, que vale 5 gurdas la caña (100 pesos chilenos aprox.)

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